La Revolución Rusa, por Voline y Archinoff: 1905
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CAPÍTULO V
1905: LA REVOLUCIÓN TOCA LA PUERTA

A pesar de todos los obstáculos, las ideas socialistas y sus primeros resultados concretos fueron conocidos, estudiados y practicados clandestinamente en Rusia. La literatura legal, por su parte, se ocupaba del socialismo empleando un lenguaje desfigurado. En aquella época reaparecieron las famosas revistas donde colaboraban los mejores periodistas y escritores y en las que regularmente se trataban los problemas sociales, las doctrinas socialistas y los medios de realizarlas.

La importancia de estas publicaciones en la vida cultural del país fue excepcional. Ninguna familia de intelectuales podía prescindir de ellas. En las bibliotecas era preciso inscribirse por anticipado para obtener lo antes posible el número recién aparecido. Más de una generación rusa recibió su educación de aquellas revistas y la completaba con la lectura de toda clase de publicaciones clandestinas. Así fue como la ideología socialista, apoyándose únicamente sobre la acción organizada del proletariado, vino a reemplazar las aspiraciones frustradas de los círculos conspiradores de años anteriores.

A fin de siglo, dos fuerzas claramente caracterizadas se lanzaban la una contra la otra, irreconciliables: la de la vieja reacción, que reunía en torno al trono las altas clases privilegiadas: nobleza, burocracia, terratenientes, militares, clero, burguesía naciente; la otra era la de la joven revolución, representada, en los años 1890-1900 sobre todo por los estudiantes, pero que comenzaba a extenderse entre la juventud obrera de ciudades y regiones industriales.

El absolutismo, en lugar de ir al encuentro de las aspiraciones de la sociedad, decidió mantenerse por cualquier medio y suprimir no sólo todo movimiento revolucionario, sino también toda manifestación opositora. El gobierno de Nicolás II, para desviar el creciente descontento de la población, recurrió a una fuerte propaganda antisemita y luego instigó e incluso organizó las matanzas de judíos.

La situación política, económica y social de la población laboriosa permanecía estable. Expuestos, sin ningún medio de defensa, a la explotación creciente del Estado y de la burguesía, sin derecho alguno a unirse, a entenderse y a hacer valer sus reivindicaciones, a organizarse, a luchar, a declararse en huelga, los obreros continuaban sumidos en la esclavitud.

En el campo, la depauperación y el descontento crecían. Los campesinos -140 millones de hombres, mujeres y niños- eran considerados como ganado humano. Los castigos corporales perduraron, de hecho, hasta 1904, aunque habían sido abolidos por la ley de 1863. Falta de cultura general e instrucción elemental; maquinaria primitiva e insuficiente; carencia de crédito, protección y socorro; impuestos harto elevados; trato arbitrario, despreciativo e implacable por parte de las autoridades y las clases superiores; reducción continua de las parcelas de terreno a consecuencia de divisiones entre los nuevos miembros de las familias; competencia entre los campesinos acomodados y los propietarios de tierras, tales eran las múltiples causas de esa miseria. Incluso la comunidad campesina, el famoso mir, no alcanzaba a mantener a sus miembros. El gobierno de Alejandro III y el de su sucesor, Nicolás II, hicieron lo posible por reducir el mir a una simple unidad administrativa estrechamente vigilada y dirigida a látigo por el estado, útil sobre todo para recoger o, mejor, arrancar por la fuerza los impuestos y los censos.

Desde 1900, a pesar de los esfuerzos de las autoridades, el campo revolucionario se amplió considerablemente. Los motines universitarios y obreros fueron pronto hechos corrientes; las universidades permanecían con frecuencia cerradas durante meses, por causa precisamente de esos motines políticos. Como reacción, los estudiantes, apoyados por los obreros, organizaban ruidosas manifestaciones en las plazas públicas. En San Petersburgo, la plaza de la catedral de Kazán se convirtió en el lugar clásico al que estas manifestaciones populares de estudiantes y obreros se dirigían entonando cantos revolucionarios y llevando a veces banderas rojas desplegadas. El gobierno enviaba allí destacamentos de policía y de cosacos montados, que limpiaba las plazas y calles vecinas a sablazos y latigazos.

La revolución conquistaba la calle.

De 1901 a 1905, el partido socialista revolucionario realizó varios atentados célebres; en 1902, el estudiante Balmachef asesinó a Sipiagin, ministro del interior; en 1904, otro socialista revolucionario, el estudiante Sazonof, mató a Von Plebe, el famoso y cruel sucesor de Sipiaguin; en 1905, el socialista revolucionario Kaliayef ejecutó al gran duque Sergio, Gobernador de Moscú.

Simultáneamente existía una agitación anarquista bastante débil, casi desconocida por la mayoría de la población; estaba representada por algunos grupos de intelectuales y obreros (y por campesinos del sur) sin un contacto permanente. Había asimismo agrupaciones anarquistas en San Petersburgo y en Moscú; algunas en el mediodía y en el oeste. Su actividad se limitaba a una débil propaganda, por otra parte muy difícil: atentados contra los servidores demasiado adictos al régimen y actos de expropiación individual. La literatura libertaria llegaba clandestinamente desde el extranjero. Se distribuían, sobre todo, los folletos de Kropotkin, quien, obligado a emigrar después de la derrota de Narodnaia Volia, se había establecido en Inglaterra.


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