Los socialdemócratas pretenden, a veces, haber sido los verdaderos promotores del primer soviet. Y los bolcheviques se esfuerzan por arrebatarles tal primicia.
Ningún partido, ni organización ni conductor inspiró la idea del primer soviet. Éste surgió espontáneamente como consecuencia de un acuerdo colectivo, en el seno de un pequeño grupo, fortuito y de carácter absolutamente privado. Lenin, en sus obras, y Bujarin en su ABC del Comunismo anotan que los soviets fueron creados espontáneamente por los obreros, dejando suponer que eran bolcheviques o, por lo menos, simpatizantes.
El SOVIET, que es un consejo popular constituido por todos los integrantes de determinada industria, actividad o lugar, no fue creación del bolchevismo, sino que surgió espontáneamente en una asamblea revolucionaria.
(A continuación explica Volin, en primera persona, las circunstancias que rodearon el nacimiento del primer soviet. Los editores de la Enciclopedia Anarquista, seguramente por motivos de espacio, suprimieron una parte previa en la que relata su participación en uno de los mítines del monje Gapón, el célebre agitador que condujo a las multitudes a la catástrofe del histórico domingo sangriento. Jorge Nossar asistió a ese mitin y se interesó por Volin en la forma que se detalla después- Nota de los editores.)
Pasaron unos días y la huelga continuaba casi general en San Petersburgo. Movimiento espontáneo, no fue desencadenado por ningún partido político, ni organismo sindical (no los había entonces en Rusia), ni siquiera por un comité de huelga. Por propia iniciativa las masas obreras abandonaron fábricas y talleres. Los partidos políticos no supieron siquiera aprovechar la ocasión para apoderarse del movimiento, como solían, permaneciendo totalmente al margen.
En mi casa se reunían diariamente una cuarentena de obreros del barrio. La policía nos dejaba momentáneamente tranquilos, guardando, después de los recientes acontecimientos, una misteriosa neutralidad, que nosotros aprovechamos. Tratábamos de hallar medios de obrar. Mis alumnos decidieron, de acuerdo conmigo, liquidar nuestra organización de estudios, adherirse individualmente a los partidos revolucionarios y pasar así a la acción, pues todos considerábamos esos acontecimientos como prolegómenos de una revolución inminente. Una tarde -ocho días después del 9 de enero- llamaron a mi puerta. Estaba solo. Entró un joven alto, de aspecto franco y simpático.
-¿Usted es Volin?- me preguntó. Y ante mi afirmativa, continuó-: Lo busco desde hace tiempo. Ayer, al fin, pude saber su dirección. Soy Jorge Nossar. Pasaré de inmediato al objeto de mi visita. He aquí de qué se trata. Asistí, el 8 de enero, a su lectura de la petición, y pude observar que usted no pertenece a ningún partido político.
-¡Exacto!
-Yo tampoco, pues desconfío de ellos. Soy revolucionario y simpatizo con el movimiento obrero. Pero no conozco a nadie entre los obreros. Cuento, eso sí, con muchísimas relaciones en los medios liberales burgueses opositores. Se me ocurrió entonces una idea. Sé que los obreros, sus mujeres y sus hijos, sufren ya terribles privaciones a causa de la huelga. Los burgueses ricos a quienes conozco no desean nada mejor que socorrer a esos desdichados. En pocas palabras: yo podría recolectar, para los huelguistas, fondos bastante considerables. Se trata de distribuirlos de modo organizado, útil y equitativo. De ahí la necesidad de establecer relaciones con la masa obrera. Y he pensado en usted. ¿No podría, de acuerdo con sus mejores amigos obreros, encargarse de distribuir entre los huelguistas y las familias de las víctimas del 9 de enero, las sumas que yo recolecte?
Acepté al punto. Había entre mis amigos un obrero que podía disponer de la camioneta de su patrono para visitar a los huelguistas y distribuir los socorros.
A la tarde siguiente reuní a mis amigos. Nossar se hallaba presente. Traía ya algunos millares de rublos. Nuestra acción comenzó en seguida. Durante algún tiempo esta tarea absorbía mi jornada. Por la tarde recibía de manos de Nossar, contra recibo, los fondos, y trazaba mi plan de visitas. Al día siguiente, ayudado por mis amigos, distribuía el dinero a los huelguistas. Nossar contrajo así amistad con los obreros que me visitaban.
Mientras, la huelga tocaba a su fin. Todos los días mayores grupos de trabajadores volvían a la labor. Y, al par, los fondos se agotaban. Y la grave interrogante apareció de nuevo: ¿Qué hacer? ¿Cómo proseguir la acción? ¿Y cuál ahora?
La perspectiva de separarnos, sin un intento de continuar en una actividad común, nos parecía penosa y absurda. La decisión que habíamos adoptado de adherirnos individualmente al partido de nuestra elección, no nos satisfacía. Y buscamos otra cosa.
Nossar solía participar en nuestras discusiones. Es así como una tarde, en mi casa, donde se hallaba Nossar y, como siempre, muchos obreros, surgió entre nosotros la idea de crear un organismo obrero permanente, especie de comité, o más bien consejo, que vigilara el desarrollo de los acontecimientos, sirviera de vínculo entre los obreros todos, les informara sobre la situación y, llegado el caso, pudiera reunir en torno a él a las fuerzas obreras revolucionarias.
No recuerdo exactamente cómo se nos ocurrió esa idea pero creo recordar que fueron los obreros mismos quienes la adelantaron.
La palabra soviet, que en ruso significa precisamente consejo, fue pronunciada por vez primera en tal sentido específico. Se trataba, en este primer esbozo, de una suerte de permanente actuación obrera social.
La idea fue aceptada, y en esa reunión misma se trató de establecer las bases de organización y funcionamiento. El proyecto adquirió prontamente cuerpo. Se resolvió llevarlo a conocimiento de los obreros de las grandes fábricas de la capital y proceder a la elección, siempre en la intimidad, de los miembros de este organismo que se llamó, por primera vez, Consejo (soviet) de delegados obreros.
El primer soviet había nacido.
El soviet de San Petersburgo fue integrado, tiempo después, por otros delegados de fábricas, cuyo número llegó a ser imponente.
Durante algunas semanas el soviet se reunió con bastante regularidad, pública y secretamente. Editó una hoja de información obrera: Noticias (Izvestia) del soviet de los delegados obreros. Al mismo tiempo dirigía el movimiento obrero de la capital. Nossar fue, por poco tiempo, como delegado de este soviet a la ya citada Comisión Chidlovsky. Desilusionado, la abandonó.
Algo más tarde, perseguido por el gobierno, este primer soviet debió cesar casi completamente sus reuniones.
Durante la conmoción revolucionaria de octubre de 1905 el soviet, totalmente reorganizado, volvió a emprender reuniones públicas, y así se le conoció ampliamente. Se explica en parte el error corriente respecto a sus orígenes. Nadie podía saber lo que pasaba en la intimidad de una habitación privada. Nossar probablemente no conversó con nadie al respecto. Por lo menos nunca lo hizo públicamente. De los obreros, ninguno tuvo la idea de ilustrar a la prensa.
Antes de la revolución de 1917, el sindicalismo, excepto para algunos intelectuales eruditos, era totalmente desconocido. Se puede admitir que el soviet, forma rusa de organización obrera, fue prematuramente iniciado en 1905 y reconstituido en 1917, precisamente a causa de la ausencia de la idea del movimiento sindicalista. Si el mecanismo sindical hubiese existido, de él se habría valido el movimiento obrero.
Algunos grupos anarquistas existían en San Petersburgo y Moscú, en el oeste y en el Centro. Los anarquistas de Moscú participaron activamente en los acontecimientos de 1905 y se hicieron notar durante la insurrección armada de diciembre.