La Revolución Rusa, por Voline y Archinoff:1917
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CAPÍTULO VII
1917: EL GRAN ESTALLIDO

Los doce años que separan la verdadera Revolución de su bosquejo, o la explosión del sacudimiento, no aportaron nada destacado desde el punto de vista revolucionario. Por lo contrario, fue la reacción la que triunfó bien pronto en toda la línea. Hubo, no obstante, algunas huelgas ruidosas y una tentativa de revuelta en la flota del Báltico, en Cronstadt, salvajemente reprimida.

La ausencia de hechos revolucionarios significativos no representó en absoluto la paralización del proceso revolucionario. Éste continuaba trabajando intensamente en los espíritus. Mientras, todos los problemas vitales permanecían sin resolver. El país se encontraba en un callejón sin salida. Una revolución violenta y decisiva se hacía inevitable; sólo faltaban el impulso y las armas. En esas condiciones estalló la guerra de 1914, que ofreció precisamente al pueblo el impulso necesario y las armas indispensables.

En enero de 1917, la situación se hizo insostenible. El caos económico, la miseria del pueblo trabajador y la desorganización social llegaron a tal punto que los habitantes de las grandes ciudades, en Petrogrado especialmente, comenzaron a carecer de combustible, ropa, carne, manteca, azúcar y aún de pan.

En febrero, la situación se agravó. A pesar de los esfuerzos de la Duma, las asambleas provinciales, las municipalidades, los comités y las uniones, no sólo la población de las ciudades se vio ante el hambre, sino que el aprovisionamiento del ejército se hizo muy deficiente. Al mismo tiempo, el desastre militar fue completo.

A fines de febrero, era absoluta y definitivamente imposible, tanto material como moralmente, continuar la guerra. A la población laboriosa le era igualmente imposible procurarse víveres.

El 24 de febrero comenzaron los tumultos en Petrogrado. Provocados sobre todo por la falta de víveres, no parecía que fueran a agravarse. Pero al día siguiente, 25 de febrero de 1917 (calendario antiguo), los acontecimientos se recrudecieron: los obreros de la capital, sintiéndose solidarios con el país entero, en extrema agitación desde semanas, hambrientos, sin pan siquiera, se lanzaron a las calles y se negaron a dispersarse.

El gobierno, imprudente, envió contra los manifestantes policías, destacamentos de tropas a caballo y cosacos. Pero había pocas tropas en Petrogrado, salvo los reservistas poco seguros. Además, los obreros no se amedrentaban y ofrecían a los soldado sus pechos; tomaban a sus hijos en brazos y gritaban: "¡Matadnos, si queréis! ¡Más vale morir de un balazo que de hambre!" Los soldados, con la sonrisa en los labios, trotaban prudentemente entre la muchedumbre, sin usar sus armas, sin escuchar las ordenes de los oficiales, que tampoco insistían. En algunos lugares los soldados confraternizaban con los obreros, llegando hasta a entregarles sus fusiles, apearse y mezclarse con el pueblo. Esta actitud de la policía y las tropas envalentonaba a las masas. No obstante, en ciertos puntos la policía y los cosacos cargaron contra grupos de manifestantes con banderas rojas. Hubo muertos y heridos.

El 26 de febrero por la mañana el gobierno decretó la disolución de la Duma. Fue como la señal, que todos parecían esperar para la acción decisiva. La novedad, conocida en todas partes en seguida, estimuló a la lucha: las manifestaciones se transformaron revolucionariamente. "¡Abajo el zarismo! ¡Abajo la guerra! ¡Viva la revolución!", eran los gritos que enardecían a la muchedumbre, que adoptaba sucesivamente una actitud cada vez más decisiva y amenazante.

La lucha fue encarnizada durante todo el 26 de febrero. En muchas partes la policía fue desalojada, sus agentes muertos y sus ametralladoras silenciadas. Pero, a pesar de todo, ella resistía con tenacidad.

El zar, a la sazón en el frente, fue prevenido telegráficamente de la gravedad de los acontecimientos. En la espera, la Duma decidió declararse en sesión permanente y no ceder a las tentativas de su disolución.

La acción decisiva fue el 27 de febrero.

Desde la mañana, regimientos de la guarnición, abandonando toda vacilación, se amotinaron, salieron de sus cuarteles, armas en mano, y ocuparon algunos puntos estratégicos de la ciudad. Rodeados por una muchedumbre delirante, los regimientos, con sus banderas desplegadas, se dirigieron al Palacio Tauride, donde sesionaba la pobre cuarta Duma, y se pusieron a su disposición.

Poco más tarde, los últimos regimientos de la guarnición de Petrogrado y alrededores se sublevaron. El zarismo no tenía más fuerza armada leal en la capital. La población estaba libre. La revolución triunfaba.

Se constituyó un gobierno provisorio, que comprendía miembros influyentes de la Duma, y que fue frenéticamente aclamado por el pueblo.

El interior se plegó entusiasta a la revolución.

Algunas tropas, traídas del frente de batalla, por orden del zar, a la capital rebelde, no pudieron llegar. En las proximidades de la ciudad los ferroviarios se rehusaron a transportarlas y los soldados se indisciplinaron y se pasaron resueltamente a la revolución. Algunos volvieron al frente, otros se dispersaron tranquilamente por el país.

El mismo zar, que se dirigía a la capital por ferrocarril, vio detenerse su tren en la estación de Dno y dar marcha atrás hasta Pskov. Allí fue entrevistado por una delegación de la Duma y por personajes militares plegados a la revolución. Era necesario rendirse ante la evidencia. Después de algunas cuestiones de detalle, Nicolás II firmó su abdicación, por sí y por su hijo Alexis, el 2 de marzo.

Por un momento, el gobierno provisorio pensó en hacer subir al trono al hermano del ex emperador, el gran duque Miguel, pero éste declinó el ofrecimiento y declaró que la suerte del país y de la dinastía debía ser puesta en manos de una Asamblea Constituyente regularmente convocada.

El frente aclamaba la revolución.

El zarismo había caído.


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